La crisis de combustible en Cuba ha alcanzado niveles alarmantes, afectando la vida cotidiana de millones de ciudadanos. Mientras el gobierno habla de ajustes técnicos y soluciones parciales en los medios oficialistas, la realidad que enfrenta la población es cruel: la gasolina y el diésel son casi inaccesibles para quienes dependen de sus salarios en pesos cubanos.
En La Habana y otras ciudades, las pocas estaciones que aún venden combustible lo hacen únicamente en dólares, dejando fuera a la mayoría de los cubanos y obligándolos a depender de un mercado negro que vende litros de gasolina a precios exorbitantes, totalmente inalcanzables para un trabajador promedio.
Esta situación ha paralizado el transporte público y privado, interrumpiendo la movilidad urbana y rural, mientras los apagones y la escasez de servicios básicos se intensifican. La cadena productiva se deteriora y la economía, ya golpeada por años de inflación y desabastecimiento, se hunde aún más. La población vive en un clima de frustración y desesperanza, donde cada día sin combustible se traduce en mayores dificultades para acceder a alimentos, medicinas y otros bienes esenciales.
Sin embargo, un contraste evidente emerge al observar el uso de combustible por parte del régimen. Imágenes recientes muestran el desplazamiento veloz de vehículos blindados y camiones militares en Ciego de Ávila, demostrando que el aparato represivo y la maquinaria militar del gobierno no sufren la misma escasez que la ciudadanía.
Esto revela una prioridad clara: mientras el pueblo lucha por sobrevivir con recursos limitados, el Estado asegura el abastecimiento de sus fuerzas de seguridad y de defensa, preparándose para controlar cualquier descontento social o posible protesta.
El contexto regional añade tensión a la situación. En los últimos días, se ha reportado actividad de aviones de reconocimiento de la Marina de Estados Unidos cerca de las costas cubanas, lo que parece haber incrementado la sensación de urgencia y alerta dentro del régimen. Aun así, el verdadero desafío para el gobierno no viene de fuera: proviene de su propia población, agotada por décadas de restricciones económicas y falta de libertades, que ahora enfrenta la imposibilidad de desplazarse siquiera en bicicleta motorizada.
Este escenario refleja la doble cara de la crisis en Cuba: el pueblo se enfrenta a la escasez más severa de combustible en décadas; el aparato militar mantiene un suministro privilegiado, listo para actuar contra los propios ciudadanos si la situación social se desborda. La contradicción es evidente: no hay combustible para mover la economía ni la vida diaria de los cubanos, pero sí lo hay para la represión y el control interno.
La crisis no solo es económica, sino también política y social. La falta de acceso a recursos básicos está aumentando la indignación de la población, dejando claro que cualquier solución real al problema del combustible requiere más que ajustes técnicos: demanda transparencia, equidad y un replanteamiento del modelo que ha privilegiado durante décadas la seguridad del régimen por encima del bienestar de su gente. La historia reciente demuestra que mientras esta desigualdad persista, la tensión y el riesgo de conflicto interno en Cuba seguirán creciendo.
Fuente: La Tijera
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