El dictador cubano Miguel Díaz-Canel Bermúdez emprenderá visitas oficiales a Vietnam, China y Laos, atendiendo invitaciones de sus homólogos, en medio de una crisis económica y social que continúa profundizándose en la isla. La delegación oficial incluirá a Bruno Rodríguez Parrilla, ministro de Relaciones Exteriores; Emilio Lozada García, miembro del Comité Central; y Oscar Pérez-Oliva Fraga, ministro del Comercio Exterior y la Inversión Extranjera.
Durante su estancia en Vietnam, Díaz-Canel participará en los actos por el 80 aniversario de la proclamación de la independencia y la fundación de la entonces República Democrática de Vietnam. En China, asistirá a las celebraciones del 80 aniversario de la victoria en la Guerra de Resistencia del Pueblo Chino contra la Agresión Japonesa y la Guerra Antifascista Mundial. Además, sostendrá encuentros con autoridades locales y visitará sitios de interés político y económico en ambos países. En Laos, la visita busca reafirmar las relaciones fraternales y socialistas entre ambos países.
Las autoridades cubanas presentan estos viajes como oportunidades para promover la cooperación bilateral, implementar acuerdos existentes y acelerar proyectos como la “Comunidad de Futuro Compartido Cuba–China”. Sin embargo, estas giras oficiales reflejan más la intención de mostrar alianzas históricas que resultados concretos para los problemas internos de la isla.
Mientras Díaz-Canel se desplaza por Asia, Cuba enfrenta escasez de alimentos, combustible y medicinas, así como un sistema económico y político que ha demostrado ser ineficiente y rígido ante los cambios necesarios. Los aliados tradicionales del régimen, cansados de sostener al país, ofrecen cada vez menos apoyo financiero y comercial, dejando a la cúpula gobernante con recursos limitados para abordar los problemas reales.
A pesar de la retórica sobre la hermandad y la cooperación, estos viajes representan una política exterior simbólica que busca reforzar la imagen del gobierno frente a la comunidad internacional, mientras la vida cotidiana de los cubanos sigue deteriorándose. Las visitas a países con economías más dinámicas buscan, en teoría, atraer inversiones y cooperación, pero hasta ahora no se han traducido en mejoras tangibles dentro de Cuba.
La situación evidencia un patrón recurrente: Díaz-Canel regresa de cada viaje con las manos vacías, incapaz de asegurar soluciones efectivas para los problemas estructurales de la isla. Los proyectos anunciados en reuniones oficiales rara vez se concretan y la burocracia interna, sumada a la falta de reformas profundas, limita cualquier avance económico significativo.
El contraste entre la imagen internacional proyectada por la diplomacia cubana y la crisis interna que afecta a millones de ciudadanos genera frustración y escepticismo. Mientras las delegaciones viajan para participar en ceremonias conmemorativas y reforzar relaciones históricas, la población sigue enfrentando los efectos de un sistema que prioriza la supervivencia política de la élite sobre el bienestar social.
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